Por Emma-Margarita R. A.-Valdés

Pies y manos le clavan sin luchar.
Sus brazos en la cruz, escarnecido,
son un abrazo abierto a quien le ha herido,
consagración de amor sobre el altar.

Llagado, solo y próximo a expirar
otorga su perdón en un gemido.
Absuelve con el último latido
al infiel que le va a crucificar.

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